“Vine a Qromala, porque me dijeron que aquí vivía el compadre, un tal Makugo Páramo” (2) | Querétaro

“Vine a Qromala, porque me dijeron que aquí vivía el compadre, un tal Makugo Páramo” (2)

Filiberto López Díaz

“Juan Preciado” para cumplir su promesa a “Dolores”, llegó a Qromala y mudó su apellido a “Des-Preciado”; ¿su culpa? haber nacido pobre; migrante del campo a la ciudad moderna que engulló al pueblo, hoy ésta se encuentra enterrada, pero viva. Ambas, metrópoli y poblado se superponen como capas de cebolla. Una, la visible, brillante, en desarrollo, industrial, con enormes fraccionamientos, cadenas hoteleras y grandes edificios propiedad de señores feudales acaudalados, riquezas mal habidas y todas con dinero público en beneficio de capitales privados. El pueblo fantasma, habitado por almas que añoran tiempos idos; sí aquellos en los cuales se pavoneaban en misa, parques públicos, cenas en clubes exclusivos y en sus autos nuevos para aquellos ayeres; aún siguen evocando a sus muertos, estira su pasado y así puede vivir; abrevando del mismo, de lo muerto, de lo ido, de lo que ya no es; añorando esa aristocracia añeja y obsoleta; persignada e hipócrita. Al acercarse a la “Media Luna”, “Abundio Martínez” sugirió a Juan: “Busca a doña Eduviges ella te dará asilo”; empero nunca la encontramos. La percibimos como fantasma; ronda céntricas calles, cuyas laterales conservan edificios, casas, construcciones derrumbándose. Similares entre ellas, sin nada que las distinga de las múltiples “Eduviges” de Qromala, pululan por iglesias tétricas, oscuras, frías como sus almas y en estas edificaciones rebotan con insistencia sus quejidos, tratando vanamente de aspirar aquellos alisios añejos de tiempos que consideraban mejores.

En el Palacio Feudal de Makugo Páramo (menesteroso de eternidad publicitaria, síndrome de todo “político”), los humildes, aquellos (as) seres paupérrimos que no les alcanza para vivir, entonan sus lamentos: “Disculpe el señor, si le interrumpo, pero en el recibidor hay pobres que preguntan insistentemente por usted. No piden limosna, no, ni venden alfombras de lana. Son pobres que no tienen nada de nada. No entendí muy bien, sin nada que vender o nada que perder, pero por lo que parece tiene usted algunas cosas que les pertenecen… ¿quiere usted que llame a los guardias y que revisen si tienen en regla sus papeles de pobre?… Le dejo con los caballeros y, entiéndase usted, si no manda otra cosa, me retiraré y, si me necesita, llame. Que Dios le inspire o que Dios le ampare que esos no se han enterado que Carlos Marx está muerto y enterrado”. (Continuará)  

Especialista en Derecho del Trabajo, Certificado por el Notariado de la Unión Europea. 
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