“Prefiero poner bellezas en mi pensamiento y no mi pensamiento en las bellezas” (1) | Querétaro

“Prefiero poner bellezas en mi pensamiento y no mi pensamiento en las bellezas” (1)

Filiberto López Díaz

Por vez primera escuché de ella en la clase de Literatura Universal, en el bachillerato del internado comandado por sacerdotes españoles, en la “Línea de Humanidades”. Entonces, se grabarían en mi corazón, algunas cuestiones elementales: Parte de su poema con que se titula la presente saga; no comía queso “pues embotaba sus pensamientos”; se decía ella misma: “Pared blanca en la cual todos quieren echar borrón”. Aprobé la materia, obligado por circunstancias de aquellos años. Mi regreso a México coincidió con el gobierno de López Portillo en el cual, su hermana Margarita fue una entusiasta de la vida y obra de Sor Juana Inés de la Cruz, y se convirtió en el tema cultural del sexenio. Entonces, comencé a leer, sin hábito ni método alguno, lo que, sobre Ella, caía en mis manos. En una de mis visitas al Palacio de Bellas Artes, en el 2° piso, patrimonio de la Rectoría de la UNAM y, a pesar de haberme cruzado varias veces con la figura al óleo de Ella, pintado por Juan de Miranda, en alguna mañana cualquiera, me extasié con su hermoso rostro y calculo que lo observé durante horas con detenimiento y fue entonces que me enamoré de ella. La leyenda que ostenta el retrato, llamado copia (es decir copia de la modelo según esa leyenda) termina con requiem, por tanto, un retrato póstumo y debido al uso moderno de la palabra copia no queda claro si es réplica basada en un supuesto autorretrato de ella, en cuyo caso a sus innumerables dotes tendríamos que añadir pericia pictórica. Desde aquella mañana, indago e inquiero todo lo que se puede saber de ella.

En este óleo se observa una Sor Juana Inés de la Cruz, “demasiado alta”; su cabeza “cabe” más de nueve veces en su cuerpo; desde el aspecto visual común, parece apeada en una especie de pedestal que mediría aproximadamente más de un metro de altura ¿símbolo de distinción? Además, la inclinación del libro al que apunta su dedo índice está invertido, eso se debe a que el libro debe someterse al texto que contiene, o sea el soneto de la esperanza “verde embeleso de la vida humana…”. Un dato que no debe de pasar desapercibido, “todos” los retratos de La Décima Musa tienen entre sí, enormes parecidos, por lo que concluimos, sí podemos determinar su verdadero rostro; empero, desgraciadamente no podemos decir lo mismo de sus biografías, de sus obras y de sus misivas. “¡Con la Iglesia hemos topado Sancho!” (Continuará)  

Especialista en Derecho del Trabajo, Certificado por el Notariado de la Unión Europea. [email protected]

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