Populismo y religión

24/10/2020
05:22
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Los populistas tienen entre sus principales rasgos ideológicos, la perversión de inmiscuirse y manipular la religión, por tres motivos: 1. Para justificar una supuesta bondad y superioridad moral; 2. Para mostrar vida, autenticidad y compromiso espiritual; y, 3. Para convencer a su mercado objetivo, los pobres, de que ellos sí están comprometidos con los marginados, excluidos, necesitados; y que acabarán con las condiciones que los constriñen y sumergen en su situación. Gracias a los populistas, los pobres dejarán de ser pobres; habrá una justiciera igualdad social y económica con quienes todo lo tienen (y los oprimían).

Eso sí, cuidan de encasillarse en alguna iglesia porque ellos, dicen, no son hipócritas ni falsarios; no tienen intereses ocultos ni prevarican en sus convicciones, como casi la totalidad de iglesias institucionales. A diferencia de éstas, que se han convertido en instrumentos de “alienación, explotación e injusticia”, ellos sí —argumentan— harán transformaciones en el corto plazo porque no son parte del poder. Y acusan que quienes sí han pretendido hacer cambios dentro de la Iglesia (teólogos de la liberación, por ejemplo) han sido desautorizados, marginados o excluidos de la misma. Quizás por ello la Presidencia de la República contrató a Enrique Dussel y Leonardo Boff (los mismos asesores de Lula Da Silva y del Foro de Sao Paulo) para asesorar a AMLO.

En nuestro continente los populistas crearon sus propias sectas: en Cuba, el castrismo; en Venezuela, el chavismo; en Brasil, el laborismo; en Argentina, el Kichnerismo; en Nicaragua, el sandinismo; y, en México, el Lopezobradorismo.

La necesidad de redimir al pobre llega, en algunos casos al “mesianismo”. Y entre más se muestren expuestos a la inminencia del martirio, mejor; más creíble es su liderazgo. Requieren identificarse con el pobre como instrumento de su lucha, a fin de vencer sus resistencias y enrolarlo como peón de su causa.

La nueva religión, la populista, requiere un púlpito para difundir la grandeza de su pensamiento, lo excelso de su causa y lo audaz de sus acciones; atacar el pasado ominoso y anunciar el futuro glorioso; denunciar y agredir a sus “enemigos”; presumir los avances de su “proyecto” y los testimonios de sus militantes en el combate a sus opositores.

Los populistas reconocen no ser Dios, pero sí sus instrumentos históricos para acabar con el espíritu corrupto de la época. Con ellos es posible lograrlo, sin ellos nada es posible. Son los encargados de despertar y sacar a los pobres de su indiferencia, miedo e impotencia.

Buscan crear, en torno de sí, una gran masa de adeptos que los cuiden y protejan de sus adversarios. La masa fiel e incondicional es requisito. Sin tomar el poder —dicen— no es posible transformar la injusta realidad.

El problema viene después de arribar al poder, cuando el líder se vuelve ciego a la corrupción y abusos de los cercanos; cuando se aplazan o cancelan las promesas porque son insuficientes el tiempo, los recursos, las capacidades y el poder político formal para cumplir los ofrecimientos; cuando la verdad se sustituye con mentiras, falsedades y engaños… Cuando no hay más religión que el populismo y no hay más dios que el líder que vive sus propias mentiras, crea su nueva realidad, y hace de las mentiras sus nuevos mandamientos. Esto le facilita hablar de un paraíso inexistente y mandar a los opositores y a las instituciones al infierno.

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