Lucha libre | Querétaro

En el Querétaro de los años 60, aquellos en los que viví mi infancia, no eran tantos los eventos en vivo a los que pudiera uno asistir con frecuencia, más allá de las actividades y juegos con primos y amigos. 

La ciudad y el tiempo se movían a una velocidad muy distinta a la de la actualidad. Además, siempre había reglas y horarios qué cumplir, mismos que estaban establecidos de una manera contundente, regulados por los padres y condicionados a la hora que ‘soltaban el león’, jamás visto pero muy respetado por la mayoría que al filo de las nueve de la noche a más tardar, debíamos estar resguardados en casa. 

Ir al cine era una de las actividades que nos gustaba hacer con regularidad, en especial las matinées de los domingos en las que, entre otros muchos temas infantiles, estaban de moda las películas de figuras de la lucha libre mexicana, por quienes sentíamos verdadera admiración. Entre vecinos, intercambiábamos revistas que periódicamente reseñaban la presentación de nuestros ídolos en las diversas arenas en el país e inclusive trascendiendo fronteras hasta Japón.

Seguramente mi padre sabía de nuestro gusto por la lucha libre y una tarde nos dijo a mi y a mis amigos: “Pidan permiso, que van a conocer por primera vez la lucha libre en persona y saldremos por la noche”. 
Caminamos por la calle de Allende, unas cuadras adelante hacia el norte hasta llegar a la calle Escobedo donde se encontraba entonces la Arena Bolaños Cacho, el espacio en el que se realizaban las funciones de tan singular deporte. 

Mi viejo nos compró boletos en las primeras filas frente al cuadrilátero. Las figuras de esa noche eran Tinieblas, Coloso Colosetti, Aníbal y El Solitario. Debo confesar que disfrutamos, pero de igual manera sufrí una buena parte cuando mi padre decidió tomar una siesta mientras a su alrededor volaban sillas y caían los enormes personajes arrojados por sus contrincantes desde la tercera cuerda. Por fortuna, ni él ni ellos tuvieron algún accidentado encuentro. Al final de la lucha estelar, estábamos tan eufóricos como afónicos, fue una enorme experiencia. Para mi padre, debut y despedida, desde esa noche me dijo: “Para la próxima vienen ustedes solos con mucho cuidado, ¡eh!”.

De ahí, se estableció una tregua con ‘el león de las nueve’ y comenzamos a asistir con regularidad. Tuve la fortuna de conocer a figuras como Mil Máscaras, Dos Caras, el Santo, Rayo de Jalisco, Huracán Ramírez, Ángel Blanco, Perro Aguayo, Doctor Wagner y muchos más, de quienes logré obtener su autógrafo en una gruesa libreta que al tiempo mi madre consideró un cuaderno de garabatos y, para mi desgracia, perdí lo que hoy resultaría un tesoro sobre la cultura popular. Nos hicimos aficionados asiduos durante un buen tiempo en la juventud, hasta que la arena Bolaños Cacho cerró definitivamente sus puertas para transformarse y ceder el espacio al Auditorio Arteaga. 

Solíamos jugar de chamacos con máscaras y figuras que vendían particularmente en los tianguis de fechas especiales y en lugares muy específicos. Con cajas de zapatos, palos de madera y ligas construíamos un cuadrilátero y pasábamos un buen tiempo conversando sobre el tema con la emoción de un buen aficionado. Hoy luchamos contra otras adversidades, esperando desenmascarar la incertidumbre en muchas arenas y en este Querétaro nuevo que deseamos conservar.

@GerardoProal

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